Hablar de septiembre en Chile siempre nos empuja a mirar las tradiciones, los emblemas y esa identidad nacional que muchas veces se siente rígida, uniforme y ajena. Por eso, desde hace años, habitar este mes desde la disidencia implica recordar la existencia de esa «patria otra» o «patria gay». No como un eslogan festivo, sino como un refugio político y humano para quienes históricamente fuimos empujados a los márgenes del relato oficial.
Recordar esta identidad en el Chile actual nos obliga a mirar las cicatrices de la calle. Las grandes conquistas jurídicas del país no se gestaron en la comodidad del consenso político. Cuando revisamos los cimientos que permitieron la promulgación de la Ley de Unión Civil o el complejo y largo camino que decantó en la Ley de Identidad de Género, lo que realmente encontramos es la persistencia de cuerpos e historias que salieron a disputar la dignidad a pulso. Desde el Movimiento por la Diversidad Sexual (MUMS Chile), nos tocó poner el pecho en momentos donde hablar de derechos filiativos o de identidad trans parecía una utopía para una sociedad profundamente conservadora. La intervención de la «cédula de identidad gigante» en pleno Paseo Ahumada en 2015 no fue marketing; fue un acto de insurgencia comunicacional para forzar al Estado a mirarnos a la cara.
Hoy, a una década de esos debates, los desafíos han cambiado pero la urgencia es la misma. Ya no basta con la victoria en el papel o el decreto ley. Nos enfrentamos a una preocupante crisis de aislamiento, donde el avance tecnológico paradójicamente nos ha dejado más solos. En un mundo hiperconectado donde los discursos de odio se camuflan en el algoritmo, la verdadera resistencia ya no solo está en presionar al Parlamento, sino en volver a mirarnos y escucharnos en comunidad.
Por eso, la trinchera hoy también es digital. A través de mi espacio «Hablar hace bien» en TikTok, abro transmisiones en vivo no para seguir la corriente de las pantallas vacías, sino para usar el contenido en tiempo real como un puente de escucha activa y desahogo. La salud mental de nuestras comunidades sigue siendo la gran tarea pendiente, y disputar la memoria en esta patria otra es entender que las leyes nos dieron derechos, pero es la palabra libre, la conversación sin censura y el tejido humano lo que nos devuelve la vida. Te invito a sumarte a este diálogo diario en mi cuenta de TikTok, donde seguimos demostrando que, frente a la soledad actual, escucharnos sigue siendo nuestro acto más revolucionario.